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lunes, 19 de abril de 2010

Un trabajo para soñar



Hace algún tiempo les traje la historia de una curiosa entrevista de trabajo que mantuve años atrás y, en aquel momento, les prometí que volvería sobre el tema.

Pues bien, ha llegado la hora de recordar la primera de las muchas entrevistas laborales que he tenido que realizar, como supongo que ustedes, a lo largo de mi trayectoria profesional.

La verdad es que la recuerdo no por ser la primera si no, más bien, por lo peculiar que fue. Los recuerdos son algo difusos, por ejemplo ignoro exactamente en qué año se produjo (1988, 89 ó 90); sin embargo, recuerdo que la posibilidad de trabajo llegó de la mano de uno de mis mejores amigos y compañeros de clase cuando estábamos estudiando la carrera de Psicología en Salamanca.

Acudí a la cita, junto con mi amigo, sin mucho ánimo y con bastantes reticencias. La información que había era poca y todo se concretaría en el encuentro marcado. Lo primero que me sorprendió fue que la entrevista tendría lugar en la propia casa del entrevistador, un psicólogo especialista en terapias psicoanalíticas que utilizaba parte de su vivienda como gabinete profesional.

El tema no me atraía en absoluto pues mis preferencias y expectativas laborales no iban encaminadas en esa dirección. Después de los saludos iniciales y supongo que una invitación a café, nos sugirió que nos presentáramos. No recuerdo si hablé en primer o en segundo lugar, pero sí que mis palabras salían con dificultad de mi boca y en un tono demasiado bajo. La seguridad y el aplomo de mi compañero debieron contrastar aún más con mi término de comparación.

Si la memoria no me falla, el entrevistador pasó luego a concretarnos la oferta laboral. Es una pena carecer de algún testimonio gráfico de las caras que imagino que comencé a poner cuando el psicólogo clínico nos iba explicando el contenido de nuestro trabajo. Si recuerdo bien, sus terapias se basaban en un adecuada relajación del paciente, lo cual se conseguía gracias a un colchón que, curiosamente, el vendía a sus pacientes. Sí, sí, han escuchado bien, los pacientes que acudían a su consulta debían salir de ella con un colchón bajo el brazo. Ese debía ser nuestro objetivo.

De los aspectos meramente laborales y crematísticos no consigo acordarme, supongo que se trataba de un trabajo a comisión que, en realidad, nada tenía que ver con la psicología clínica.

Desconozco si vendió o no muchos colchones, e incluso si ahora pueda ser uno de los máximos accionistas de Lo Mónaco. Semejante individuo, que responde a las iniciales de J.S., supongo que no habrá llegado a mucho en el campo de la psicología clínica. Desde luego así lo espero por el bien de sus pacientes y de la profesión.

Psicólogos como éstos y otros charlatanes capaces de curar cualquier tipo de trastorno han hecho muchísimo daño a la profesión, introduciendo oscurantismo y palabrería a una labor que debe ser ejercida con dignidad y exhaustiva profesionalidad, amén de otra serie de principios éticos y deontológicos que no es el momento ni el lugar de recordar.

Pero, ¿y ustedes?, ¿también han tenido entrevistas de trabajo curiosas?

viernes, 3 de julio de 2009

Pude ser un ladrón del siglo XXI



Cuando terminas tu carrera universitaria y te ves con el título debajo del brazo piensas que el mundo empresarial se va a rendir a tus pies. Mientras el tiempo pasa y muchas puertas comienzan a cerrarse, las expectativas van bajando y la búsqueda de empleo se vuelve menos selectiva.

Empiezas a enviar curriculums para puestos que ni te habrías planteado en un principio y, a la vez, intentas buscarte la vida -mientras esperas la llegada del puesto añorado- realizando todo tipo de trabajos. De algunos de ellos tendré la oportunidad de hablarles aquí.

Pues bien, consecuencia de esa espiral trabajo-búsqueda de empleo, una tarde de primavera me vi frente a un tipo del que no conservo ningún recuerdo en una oficina simplona, en la entreplanta de un céntrico edifico de la principal calle peatonal de Zamora.

La entrevista de trabajo respondía, como no podía ser de otra forma, al envío de mi currículum para un puesto que, cuando me avisaron, casi ni recordaba. Después de los primeros formalismos, dirigidos a romper el hielo, mi interlocutor comenzó a contarme cuáles serían los cometidos del nuevo trabajo.

Para mi asombro, mientras las palabras salían de su boca, comencé a imaginarme convertido en todo un gángster, una mezcla de matón y recaudador. En pocos minutos me di cuenta que no era mi trabajo soñado, pero todavía faltaba la puntilla.

Aunque imagino que, a esas alturas del encuentro, mi entrevistador ya se debía de haber dado cuenta de que el empleo no me llamaba mucho la atención, mi estupor creció cuando todavía se atrevió a informarme de que para desempeñar el puesto tendría que presentar un aval, garantía que permitiera resarcirse a la entidad en caso de un posible robo de fondos por mi parte.

Salí de aquella oficina, baje las escaleras, caminé por la calle peatonal rápidamente, deseando llegar a casa y contarle a mis padres la esperpéntica entrevista que acababa de tener. Los comentarios con mis amigos vendrían después. Evidentemente, mi familia se quedó perpleja: ¡un aval para trabajar! , ¿dónde se ha visto eso?

Supongo que algunos de vosotros ya tendréis una ligera idea de cuál era esa "empresa" para la que hice la entrevista y cuál sería el cometido asignado. Claro que sí, se trataba de la SGAE (Sociedad General de Autores y Editores) y el cometido, como representante en la provincia, era visitar todo nuevo establecimiento hostelero que se creara para exigir el pago por "poner música, televisión", asistir a cualquier evento o sarao con asistencia de público para supervisar la venta de entradas y reclamar la parte correspondiente, ser corresponsal en la BBC (bodas, bautizos y comuniones), etc., etc.

De haber aceptado aquella estupenda propuesta, tal vez ahora mismo estaría almorzando con Teddy Bautista o disfrutando de un maravilloso concierto privado de Ramoncín. Hoy, estaría dedicado a perseguir a los ladrones del siglo XXI, sí, sí a todos vosotros, presuntos piratas, que compráis en el top-manta, os bajáis música y películas de internet, compráis cámaras de fotos digitales y tarrinas de cd´s y dvd´s, pagando un canon digital que pondría a salvo mi aval y permitiría a mis padres dormir por las noches.

¿Quién es entonces el ladrón? Tal vez el que se queda con una parte de mi dinero pensando en que voy a cometer un delito, cuando compro un cd o una cámara de fotos, que es curiosamente el mismo que también demuestra presunción de culpabilidad en sus propios trabajadores, a los que se les exige, o exigía, un aval por si se llevan el dinero de las recaudaciones. Si Don Vitto levantara la cabeza.

Estoy convencido de que alguna de las muchas entrevistas de trabajo que he realizado ocupará algún espacio aquí en el futuro. Mientras tanto, ¿cuál ha sido vuestra experiencia en este terreno?, ¿habéis hecho alguna entrevista para algún puesto "raro"?, ¿qué hubiera pasado si hubieses aceptado aquél puesto? Como siempre, espero vuestros comentarios.