Con esta sección pretendo recordar aquellos juegos que llenaron horas y horas de diversión en nuestra infancia, en esos años en los que todavía se podía jugar en la calle.
Dentro del colegio y en sus inmediaciones, los juegos tenían un carácter estacional, en invierno, por ejemplo, la humedad de la tierra permitía poder jugar al clavo; durante el verano, sin embargo, tomaban protagonismo las bolas (canicas) y los
chapetes pues el tiempo permitía poder tirarte en el suelo sin riesgo de ir para casa hecho un cromo.
A los cromos, de los que también hablaremos aquí en su momento, se podía jugar en cualquier época, lo mismo que a juegos como el rescate, el bote, el escondite, churro va, luz, dispararse arroz, etc.
Hoy, por el contrario, les voy a hablar de juegos que compartía con otros amigos, no los del colegio, si no los del barrio. Aquí también había infinidad de alternativas: vistas, policías y ladrones,
tirachinas, lanza pinzas...
En una esquina de la
Pza. San Gil (hoy Maestro Haedo), lugar en el que transcurrió gran parte de mi infancia, sentados en el portal de la casa del vendedor de alfombras, de espaldas a la plaza, jugábamos a adivinar el nombre del coche que pasaría por delante de nosotros únicamente por su sonido. Era un juego que requería mucha práctica aunque la verdad es que la variedad de modelos de la época parecería ridícula en nuestros días. Por aquellos tiempos circulaban R12,
Simca 1000,
Dyan6,
Seat 124,
Seat 1500,
Seat 600, R4, R6, R7,
Citröen 2
cv, algún tiburón, y pocos más.
Sin embargo, son otros coches de los que me propongo hoy hablarles. Coches que nunca pasarían por nuestra esquina y que para nosotros suponían un mundo nuevo y apasionante. A algún amigo le regalaron una pequeña baraja como la de la foto y con ella pasamos muchísimas horas de diversión.

El juego, que la mayoría de las veces era entre dos jugadores aunque se podía jugar con más, consistía en barajar las cartas y repartirlas en igual cantidad. Una vez repartidas, cada jugador las colocaba en un único taco mirando hacia sí. El jugador que comenzaba la partida debía valorar su carta, su coche, en función de la velocidad, potencia, cilindrada, peso y alguna otra característica. Con la práctica, sabías de cada coche cual era su punto fuerte, entonces por ejemplo decías, potencia 220
cv y si la carta de tu oponente tenía una potencia inferior se la ganabas, colocándose las cartas al final de tu taco. Así con cada carta, con cada coche. No me acuerdo muy bien si cada ronda era de un coche, o si ganabas seguías pidiendo, pero el caso es que ganabas lógicamente cuando te quedabas con todas las cartas.
Recuerdo que el de mayor velocidad era el "
De Tomaso Pantera", la carta más deseaba, pues ganaba a todas las demás. Sin embargo, cuando quedaban pocas cartas, tu rival podía imaginar que carta tenías y pedirte peso, con lo cual tu flamante deportivo, más liviano, se iba camino del montón de cartas del rival. No podríamos oirlos, pero, desde luego, los conocíamos a la perfección.
Después de muchas partidas, la tarde solía acabar con un
"mañana a la misma hora, baja la baraja".