miércoles 10 de febrero de 2010

Regálate un mulligan



Los aficionados al golf utilizan la palabra inglesa"mulligan" para designar la opción de poder repetir la salida en el primer hoyo cuando se está disputando un partido amistoso. Sin embargo, de la mano del mítico Severiano Ballesteros, gracias a sus primeras declaraciones tras superar una durísima enfermedad, el término ha alcanzado una mayor y más importante significación.

Si bien es cierto que hay un dicho que reza "segundas oportunidades nunca fueron buenas", resulta incontestable que es una verdadera suerte poder disponer de una segunda oportunidad, sobre todo si tenemos en cuenta que determinadas circunstancias de la vida impiden una vuelta atrás.


Como no siempre tenemos la posibilidad de gastar un mulligan, debemos aprovechar aquellos que nos regala el destino, más si tenemos en cuenta que el hombre es el único animal capaz de tropezar dos veces, incluso más, contra la misma piedra. Ya hablamos aquí del arte de saber elegir, ahora se trata de volver la vista atrás, desandar el camino andado y tal vez recuperar ese camino antes desechado.

Ayer, Pilar Rahola, en el programa radiofónico de Julia Otero, definió el divorcio como "la conquista del derecho a equivocarse". No tengamos miedo a elegir, hagámoslo pues, confundámonos y, si podemos, gastemos un mulligan.

viernes 11 de diciembre de 2009

Sobrevivir


FOTO: REUTERS / Ian D. Williams

Inauguramos esta sección de imágenes, denominada 1000 palabras, permitiendo introducir un toque de color, en este caso un triste rojo, dentro de esta galería de recuerdos en blanco y negro. Creo sinceramente que la ocasión lo merece.

Ya hemos hablado aquí sobre los límites de la naturaleza humana, ejemplificando con un estudio hasta donde es capaz de llegar un ser humano en determinadas situaciones. Si el "hombre es un lobo para el hombre", ¿cómo esperamos que se comporte un animal, cuando le presionamos hasta el borde de la extinción?

Como una imagen vale más que mil palabras, ésta nos debería ayudar a reflexionar, a concienciarnos individualmente sin descargar nuestra responsabilidad en aquellos que asisten a las cumbres climáticas en limusina.

lunes 30 de noviembre de 2009

Tras los pasos de...



El ser humano parece programado para seguir un viaje predeterminado genéticamente. Los hombres, a lo largo de la historia, han intentado dejar su legado y su impronta allí por donde ha pasado. Si miramos a nuestro alrededor enseguida nos daremos cuenta que estamos rodeados de huellas, muchas de las cuales constituyen un auténtico patrimonio (libros, cuadros, estatuas, monumentos, edificios, efemérides).

Sin embargo, son innumerables los senderos que, una y otra vez, un gran número de personas están dispuestas a seguir. Esa mirada hacia el pasado debe estar íntimamente ligada a nuestros genes, pues el hombre, todavía hoy, dedica gran parte de su tiempo y de sus esfuerzos a bucear en el pasado, a rastrear en busca de vestigios, de pistas que nos permitan conocer respuestas y plantearnos nuevas preguntas.

Pero innovar, esa palabra tan de moda de la que parece pender nuestro destino, supone mirar hacia delante. Sólo una pequeña parte de personas, en cada periodo histórico, un grupo de elegidos, se han salido de los caminos ya marcados para tratar de dejar sus propias huellas: desde Galileo a Darwin, pasando por aventureros que se adentraron en África o exploraron los polos, hasta Einstein o Armstrong.

Por supuesto que a todos nos gustaría descubrir, abrir nuevos caminos, encontrar originales respuestas, innovar. Sin embargo, la mayoría de nosotros nos tendremos que conformar con seguir los caminos que marcaron otros, ese “ir tras los pasos de”. En muchas ocasiones, es la lectura de esas grandes gestas, de esa especie de aventura del saber, la que nos guía instintivamente hacia esos destinos. Intentamos comprobar in situ, aquellas aventuras que ya vivieron otros en primera persona y, de esta forma, enfrentar la realidad a todo aquello que hemos ido imaginando y anhelando.

Para unos será un lugar sagrado, para otros la tumba de su escritor o cantante favorito, para otros un viaje al continente negro o a la Antártida. Algunos, simplemente, se limitarán a seguir los pasos de un científico, un literato o un arquitecto, mientras otros seguirán excavando montones y montones de tierra en busca de antiguas señales. Desde gigantescos proyectos que implican volver a la luna hasta pequeñas locuras como tratar de desenterrar una botella de whisky abandonada por la expedición de Shackleton.

Cuando aquella tarde, después de muchos años de estudios y experimentos, un famoso científico descubrió en su laboratorio cómo se comportaba el interior de las estrellas, dejó todo, cogió su ropa y fue a buscar a la que todavía por aquella época era su novia. Cogidos de la mano, dieron un largo paseo mientras la noche invadía el cielo. El aprovechó la oportunidad para susurrarle al oído: “sabes una cosa: soy la única persona en el mundo que sabe por qué brillan las estrellas”. Después de un tiempo y no sé sabe si como consecuencia de aquellas palabras, el científico y la mujer decidieron compartir su vida.

Busquemos también nosotros una estrella y si no la encontramos, contemplemos el resto, siempre habrá alguien dispuesto a descubrirla para que los demás podamos admirarla.

lunes 23 de noviembre de 2009

De grises



Ya les traje aquí los recuerdos que evocaba mi vieja pizarra de párvulos. Hoy, después de un largo parón, por el que les reitero mis disculpas, vuelvo a la escuela para hablarles de los extremos, después de haber leído un artículo escrito por un teórico de la educación.

Tristemente, en la actualidad nos ha dejado de sorprender la alarmante situación de nuestras aulas. Lo peor de todo es que en estos momentos comenzamos a ver y sufrir las consecuencias. El problema de la educación es, para nuestros políticos una cuestión secundaria, tanto, que ni siquiera han sido capaces en los últimos años de cerrar un verdadero pacto que cada día se hace más necesario.

Las últimas leyes educativas aprobadas, lejos de suponer un avance, han generado un panorama desalentador, tratando de poner parches aquí y allá, mientras, año tras año, los principales informes sobre la materia (OCDE, Pisa, UNESCO, etc.), reflejan la verdadera situación de la educación en España.

La mayoría de expertos están de acuerdo en que la educación de hoy en día no sólo tiene que formar buenos estudiantes, como lo hacía la escuela tradicional centrándose principalmente en la enseñanza de contenidos, si no buenas personas. Se han venido incluyendo en los diferentes currículos contenidos transversales: educación para la igualdad, para la salud, respeto al medio ambiente, consumo responsable, igualdad de oportunidades, entre otros, que persiguen una formación más integral del alumno.

Sin embargo, los resultados no han sido los esperados y está claro que el modelo propuesto hace aguas. Los alumnos no es que solamente salgan de nuestras escuelas, institutos y universidades menos preparados, en cuanto a cantidad y calidad de conocimientos, si no que tampoco estamos consiguiendo formar buenos ciudadanos, más tolerantes, solidarios, comprometidos con el medio ambiente, respetuosos.

Pero, ¿cuál es la situación en las aulas? Por un lado, el maestro se encuentra desubicado y desmotivado, realizando un trabajo cada vez menos gratificante y, además, sin gozar del reconocimiento deseado. Por el otro, y frente a él, como si de un campo de batalla a la vieja usanza se tratara, se encuentra un alumnado más rebelde, menos tolerante, egoísta y egocéntrico, intransigente. Sin embargo, la falta de valores es sus mochilas con la que los escolares acuden diariamente a sus clases es una responsabilidad de los padres, la tercera pata del banco.

Está claro que los padres y madres de hoy en día gozan de menos tiempo para estar con sus hijos y eso se nota. La necesidad de que ambos cónyuges trabajen ha repercutido negativamente en la educación de sus hijos. El niño pasa más tiempo solo, rodeado de demasiada información sin filtrar (televisión, Internet) y acostumbrado a no estar sujeto a reglas demasiado claras. Los padres tratan de compensar esa falta de tiempo con una cierta laxitud en la aplicación de las normas. Nuestros hijos se encuentran sobreprotegidos, incapaces de equivocarse, de cometer sus propios errores y así aprender de ellos, desconociendo el verdadero valor de las cosas y ajenos a la cultura del esfuerzo.

En el otro lado del espectro, la escuela de los años 70 y 80, la que yo viví. Pese a no ser un alumno ejemplar, si me incluiría en el grupo de los que se portaban bien, que debo reconocer éramos la mayoría. Aún así, Dª Carmela, en 3º de EGB, me hacía juntar las yemas de los dedos para darme con el puntero, D. Jesús nos pegaba con la regla en la palma de la mano. D. Isaías me tiraba alguna que otra vez por las incipientes patillas hasta inclinar la cabeza casi a 90 grados. A D. Manolo la varita del xilófono le permitía practicar la percusión en nuestras cabezas. Sin embargo, son dos los momentos que más me han quedado marcados en mi memoria del paso por el Jacinto Benavente, dos bofetones.

El primero de ellos, en clase de 4º ó 5º, con un profesor suplente del que ahora no recuerdo el nombre, pero cuya cara por supuesto no he olvidado y que todavía hoy, alguna vez, veo por la calle. Pues bien, por reírme de un compañero que había tenido una incontinencia mayor y al que, por ello, le había dado un soberano tortazo, me señaló con el dedo y me dijo que me levantara y me acercara a él. Puso la mano izquierda sobre mi mejilla derecha y con la otra, me arreó un sonoro bofetón que me dejo la cara caliente para el resto del día.

El segundo, ya en 7º, me dolió más en el orgullo que en el rostro. En clase de pretecnología trabajábamos unos con marquetería y otros con barro; yo me debía encontrar en este último grupo pues D. Misael me pilló tirándole bolas de arcilla a otro compañero. Después de la frase, “eh, tú, el del jersey rojo, ven” me propino una bofetada que me hizo sentir fatal. Eso de que pegaran a un pseudo-hombrecito y delante de todos resultó humillante.

De vuelta al presente, hoy son los alumnos los que pegan a los profesores y los que, en demasiadas ocasiones, hacen la vida imposible a otros compañeros que resultan acosados moral y físicamente.

¿No hay un punto medio?


P.D.: son infinidad, y por supuesto mayoría, los recuerdos positivos de aquel, mi colegio, sin embargo hoy nos ha tocado recordar algunos menos agradables

jueves 5 de noviembre de 2009

De vuelta



Después de casi tres meses sin publicar nada nuevo, lo primero que creo que debo de hacer es pediros perdón por el retraso. No, no os penséis que sigo de vacaciones, no; ya me gustaría. Por desgracia, el trabajo me ha tenido entretenido más tiempo del que desearía y hasta dentro de unas semanas no podré volver a pasarme por aquí para seguir haciendos partícipes de mis recuerdos, dudas y experiencias.

Como es lógico, tampoco he tenido tiempo para echarle un vistazo a mis blogs amigos y eso si que lo siento de verdad, pues vuestros artículos suponen siempre un buen motivo para volver a visitaros. Mientras tanto, y a la espera de poder ponerme al día en estas tareas pendientes, recibid un fuerte abrazo.

Nos leémos.

miércoles 5 de agosto de 2009

Vacaciones

Aunque con un poco de retraso, os anuncio que este pequeño rincón permanecerá sin actualizarse hasta mediados de septiembre.

Felices vacaciones para todos. Un saludo

viernes 3 de julio de 2009

Pude ser un ladrón del siglo XXI



Cuando terminas tu carrera universitaria y te ves con el título debajo del brazo piensas que el mundo empresarial se va a rendir a tus pies. Mientras el tiempo pasa y muchas puertas comienzan a cerrarse, las expectativas van bajando y la búsqueda de empleo se vuelve menos selectiva.

Empiezas a enviar curriculums para puestos que ni te habrías planteado en un principio y, a la vez, intentas buscarte la vida -mientras esperas la llegada del puesto añorado- realizando todo tipo de trabajos. De algunos de ellos tendré la oportunidad de hablarles aquí.

Pues bien, consecuencia de esa espiral trabajo-búsqueda de empleo, una tarde de primavera me vi frente a un tipo del que no conservo ningún recuerdo en una oficina simplona, en la entreplanta de un céntrico edifico de la principal calle peatonal de Zamora.

La entrevista de trabajo respondía, como no podía ser de otra forma, al envío de mi currículum para un puesto que, cuando me avisaron, casi ni recordaba. Después de los primeros formalismos, dirigidos a romper el hielo, mi interlocutor comenzó a contarme cuáles serían los cometidos del nuevo trabajo.

Para mi asombro, mientras las palabras salían de su boca, comencé a imaginarme convertido en todo un gángster, una mezcla de matón y recaudador. En pocos minutos me di cuenta que no era mi trabajo soñado, pero todavía faltaba la puntilla.

Aunque imagino que, a esas alturas del encuentro, mi entrevistador ya se debía de haber dado cuenta de que el empleo no me llamaba mucho la atención, mi estupor creció cuando todavía se atrevió a informarme de que para desempeñar el puesto tendría que presentar un aval, garantía que permitiera resarcirse a la entidad en caso de un posible robo de fondos por mi parte.

Salí de aquella oficina, baje las escaleras, caminé por la calle peatonal rápidamente, deseando llegar a casa y contarle a mis padres la esperpéntica entrevista que acababa de tener. Los comentarios con mis amigos vendrían después. Evidentemente, mi familia se quedó perpleja: ¡un aval para trabajar! , ¿dónde se ha visto eso?

Supongo que algunos de vosotros ya tendréis una ligera idea de cuál era esa "empresa" para la que hice la entrevista y cuál sería el cometido asignado. Claro que sí, se trataba de la SGAE (Sociedad General de Autores y Editores) y el cometido, como representante en la provincia, era visitar todo nuevo establecimiento hostelero que se creara para exigir el pago por "poner música, televisión", asistir a cualquier evento o sarao con asistencia de público para supervisar la venta de entradas y reclamar la parte correspondiente, ser corresponsal en la BBC (bodas, bautizos y comuniones), etc., etc.

De haber aceptado aquella estupenda propuesta, tal vez ahora mismo estaría almorzando con Teddy Bautista o disfrutando de un maravilloso concierto privado de Ramoncín. Hoy, estaría dedicado a perseguir a los ladrones del siglo XXI, sí, sí a todos vosotros, presuntos piratas, que compráis en el top-manta, os bajáis música y películas de internet, compráis cámaras de fotos digitales y tarrinas de cd´s y dvd´s, pagando un canon digital que pondría a salvo mi aval y permitiría a mis padres dormir por las noches.

¿Quién es entonces el ladrón? Tal vez el que se queda con una parte de mi dinero pensando en que voy a cometer un delito, cuando compro un cd o una cámara de fotos, que es curiosamente el mismo que también demuestra presunción de culpabilidad en sus propios trabajadores, a los que se les exige, o exigía, un aval por si se llevan el dinero de las recaudaciones. Si Don Vitto levantara la cabeza.

Estoy convencido de que alguna de las muchas entrevistas de trabajo que he realizado ocupará algún espacio aquí en el futuro. Mientras tanto, ¿cuál ha sido vuestra experiencia en este terreno?, ¿habéis hecho alguna entrevista para algún puesto "raro"?, ¿qué hubiera pasado si hubieses aceptado aquél puesto? Como siempre, espero vuestros comentarios.