
Ya les traje aquí los recuerdos que evocaba mi vieja
pizarra de párvulos. Hoy, después de un largo parón, por el que les reitero mis disculpas, vuelvo a la escuela para hablarles de los extremos, después de haber leído un artículo escrito por un teórico de la educación.
Tristemente, en la actualidad nos ha dejado de sorprender la alarmante situación de nuestras aulas. Lo peor de todo es que en estos momentos comenzamos a ver y sufrir las consecuencias. El problema de la educación es, para nuestros políticos una cuestión secundaria, tanto, que ni siquiera han sido capaces en los últimos años de cerrar un verdadero pacto que cada día se hace más necesario.
Las últimas leyes educativas aprobadas, lejos de suponer un avance, han generado un panorama desalentador, tratando de poner parches aquí y allá, mientras, año tras año, los principales informes sobre la materia (OCDE, Pisa, UNESCO, etc.), reflejan la verdadera situación de la educación en España.
La mayoría de expertos están de acuerdo en que la educación de hoy en día no sólo tiene que formar buenos estudiantes, como lo hacía la escuela tradicional centrándose principalmente en la enseñanza de contenidos, si no buenas personas. Se han venido incluyendo en los diferentes currículos contenidos transversales: educación para la igualdad, para la salud, respeto al medio ambiente, consumo responsable, igualdad de oportunidades, entre otros, que persiguen una formación más integral del alumno.
Sin embargo, los resultados no han sido los esperados y está claro que el modelo propuesto hace aguas. Los alumnos no es que solamente salgan de nuestras escuelas, institutos y universidades menos preparados, en cuanto a cantidad y calidad de conocimientos, si no que tampoco estamos consiguiendo formar buenos ciudadanos, más tolerantes, solidarios, comprometidos con el medio ambiente, respetuosos.
Pero, ¿cuál es la situación en las aulas? Por un lado, el maestro se encuentra desubicado y desmotivado, realizando un trabajo cada vez menos gratificante y, además, sin gozar del reconocimiento deseado. Por el otro, y frente a él, como si de un campo de batalla a la vieja usanza se tratara, se encuentra un alumnado más rebelde, menos tolerante, egoísta y egocéntrico, intransigente. Sin embargo, la falta de valores es sus mochilas con la que los escolares acuden diariamente a sus clases es una responsabilidad de los padres, la tercera pata del banco.
Está claro que los padres y madres de hoy en día gozan de menos tiempo para estar con sus hijos y eso se nota. La necesidad de que ambos cónyuges trabajen ha repercutido negativamente en la educación de sus hijos. El niño pasa más tiempo solo, rodeado de demasiada información sin filtrar (televisión, Internet) y acostumbrado a no estar sujeto a reglas demasiado claras. Los padres tratan de compensar esa falta de tiempo con una cierta laxitud en la aplicación de las normas. Nuestros hijos se encuentran sobreprotegidos, incapaces de equivocarse, de cometer sus propios errores y así aprender de ellos, desconociendo el verdadero valor de las cosas y ajenos a la cultura del esfuerzo.
En el otro lado del espectro, la escuela de los años 70 y 80, la que yo viví. Pese a no ser un alumno ejemplar, si me incluiría en el grupo de los que se portaban bien, que debo reconocer éramos la mayoría. Aún así, Dª Carmela, en 3º de EGB, me hacía juntar las yemas de los dedos para darme con el puntero, D. Jesús nos pegaba con la regla en la palma de la mano. D. Isaías me tiraba alguna que otra vez por las incipientes patillas hasta inclinar la cabeza casi a 90 grados. A D. Manolo la varita del xilófono le permitía practicar la percusión en nuestras cabezas. Sin embargo, son dos los momentos que más me han quedado marcados en mi memoria del paso por el Jacinto Benavente, dos bofetones.
El primero de ellos, en clase de 4º ó 5º, con un profesor suplente del que ahora no recuerdo el nombre, pero cuya cara por supuesto no he olvidado y que todavía hoy, alguna vez, veo por la calle. Pues bien, por reírme de un compañero que había tenido una incontinencia mayor y al que, por ello, le había dado un soberano tortazo, me señaló con el dedo y me dijo que me levantara y me acercara a él. Puso la mano izquierda sobre mi mejilla derecha y con la otra, me arreó un sonoro bofetón que me dejo la cara caliente para el resto del día.
El segundo, ya en 7º, me dolió más en el orgullo que en el rostro. En clase de pretecnología trabajábamos unos con marquetería y otros con barro; yo me debía encontrar en este último grupo pues D. Misael me pilló tirándole bolas de arcilla a otro compañero. Después de la frase, “eh, tú, el del jersey rojo, ven” me propino una bofetada que me hizo sentir fatal. Eso de que pegaran a un pseudo-hombrecito y delante de todos resultó humillante.
De vuelta al presente, hoy son los alumnos los que pegan a los profesores y los que, en demasiadas ocasiones, hacen la vida imposible a otros compañeros que resultan acosados moral y físicamente.
¿No hay un punto medio?
P.D.: son infinidad, y por supuesto mayoría, los recuerdos positivos de aquel, mi colegio, sin embargo hoy nos ha tocado recordar algunos menos agradables